El domingo pasado la población dominicana veía con asombro e incredulidad la multitudinaria manifestación que se dio en Puerto Plata, en la cual cientos de personas seguían en procesión a un “peregrino”, quien, cruz a cuesta, les dijo que había que humillarse ante Dios para que librara al país del nuevo coronavirus. Les aseguró que el lunes la nación amanecería sin la enfermedad, que solo había que tener fe en Dios.

La peregrinación incluyó la sumersión en el mar del hombre y la cruz, hecho que fue imitado por muchos de los creyentes de sus palabras. A medida que circulaban videos en las redes sociales surgían las condenas a la actividad, pues con ella se rompió el aislamiento social dispuesto por el Gobierno, precisamente, para evitar la propagación de la enfermedad. Ese mismo día, el gobierno censuró el hecho y reprochó a las autoridades locales que permitieron que la manifestación se hiciera y además participaron en la misma.

Han pasado dos días y muchos se preguntan qué pudo llevar a los moradores de Puerto Plata a creer ciegamente en lo que decía el peregrino Migdomio Adames y salir en masas de sus hogares, sin la debida precaución para no contraer el virus.

El psicólogo y terapeuta Luis Vergés explica que lo que pasó con los puertoplateños fue que actuaron bajo los efectos de tres componentes, que son la sugestionabilidad, el fanatismo y la ignorancia. Dijo que en estos comportamientos “se va empobreciendo la capacidad de percibir la realidad

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